
La situación actual es realmente preocupante. Vivimos en un mundo donde la violencia, la inseguridad y la desigualdad están a la orden del día. La corrupción y la transparencia en las instituciones públicas, “sean del color que sean”, también contribuyen a la desconfianza y la frustración de la sociedad.
En nuestro vivir de cada día, cada acción que realizamos es como una semilla que plantamos en nuestro fértil destino, y aunque a veces pareciera que las malas acciones queden impunes, pero después de haberlas cometido, ya sea por egoísmo, arrogancia o simple crueldad, están tejiendo tu propio destino y como la ley inmutable de la naturaleza, la vida siempre encuentra la manera de equilibrar la balanza.
Es como una factura que, eventualmente, todos debemos de pagar. Actúa como un restaurante cósmico donde nadie se marcha sin pagar su deuda. La arrogancia y la prepotencia son compañeras en este viaje llamado vida. Aquellos que, por su poder o su situación personal, se creen inalcanzables. Por su posición social o económica, a menudo se olvidan que, al final, todos somos iguales ante la ley universal. La vía es una ruleta: gira y lo que sube eventualmente baja, nadie es eterno y todos estamos de paso. El verdadero valor de una persona no radica en su posición actual, ni en su cuenta bancaria, y aquellos que han sembrado espinas cosecharán su propia cosecha espinosa. La vida tiene una memoria imborrable, la justicia, el karma, o como quieras llamarle, siempre encuentran su camino.
“Todo en la vida se paga”: cada acto por pequeño que sea, deja una huella en el tiempo, los protagonistas y antagonistas, aquellos que sembraron amor y compasión, así como aquellos que tejieron redes de sufrimiento, comparten el mismo escenario. En este viaje, la vida nos presenta oportunidades para redimirnos y para perdonar. La comprensión de que todos somos actores en este gran drama de la existencia, nos invita a soltar la carga del rencor y a abrazar la paz interior de cada uno de nosotros. Las paradojas de la vida se revelan en el hecho de que, aunque parezcan que algunos salgan impunes, están construyendo cárceles invisibles para sí mismos. La vida no juzga apresuradamente, pero asegura que cada deuda se pague, el precio de nuestras acciones siempre nos persiguen, a veces a pasos silenciosos, otras con el estruendo de un trueno. No porque exista un verdugo implacable, sino porque somos los arquitectos de nuestro propio destino.
Tenemos que aceptar con gratitud y humildad cada página de nuestro relato. Somos coautores de nuestra historia, y la vida, como un espejo implacable, refleja nuestras acciones.
Que este recordatorio de que en la vida todo se paga, sea una guía que cultive nuestra compasión.
En nuestro peregrinaje, nos tropezamos con encrucijadas donde nuestras elecciones adquieren un peso trascendental. Si alguna vez nos sentimos tentados a sembrar discordia, recordemos que cada semilla que sembremos, germinará en nuestra propia realidad: “somos artífices de nuestro destino”. El eco de nuestras acciones resuenan a través del tiempo y si alguna vez dudamos del poder de nuestras elecciones, observemos como las piedras que arrojamos al estanque de nuestra vida, generan ondas que se extienden mucho más allá de nuestro alcance inmediato y nos hagan recordar que no somos islas aisladas, sino continentes unidos por los océanos de nuestra experiencia compartida
En cada capítulo de nuestra existencia, debemos de dejar una huella que resuene en el coro de la humanidad y una marca en el lienzo del tiempo, y cada acción, cada palabra, cada gesto, sea un ladrillo en la construcción de nuestro destino.
Y no olvidemos que “TODO EN LA VIDA SE PAGA”.
Por Fernando Cuenca Ágreda.








