
No hay datos sobre cuántos adolescentes tienen la habitación desordenada o, por el contrario, cuántos suelen limpiar y ordenar su habitación instintivamente (es decir, sin que casi le digamos nada). Así que me voy a aventurar a dar un “dato” basado en mi propia experiencia: muchos.
Ya sé que esto no dice nada, pero es que se complica, sobre todo si para cada uno de nosotros hay una definición diferente de desorden. Conozco gente, ya adulta, que son incapaces de ver algo desordenado, y otros que como vean un cuadro torcido o un libro que sobresale más que otro, tienen que ponerlo bien para superar cierto malestar.
Pero no es de esto de lo que quiero hablar hoy. Como siempre, me interesan los adolescentes y es esta población la que suele tener la habitación más desordenada. “Pues vaya tontada nos cuenta este hombre hoy”. Verán como no es tanta tontada, es simplemente una metáfora que uso alguna vez para comparar el desorden de la habitación con el desorden neuronal que tienen nuestros chavales en una parte del cerebro, el córtex prefrontal (llévense la mano a la frente y darán con esa parte).
Si entran en la habitación de un adolescente que lleva varios días sin supervisar, verán ropa acumulada, objetos de toda índole tirados por el suelo, encima (o debajo) de la cama, de la mesa, detrás del armario, libros, auriculares, cables, apuntes, ropa sucia por doquier,… en fin, un caos. Cualquier adulto que entre ahí no sabría por dónde empezar, sentiríamos ansiedad, no sabríamos dónde mirar, nuestra atención se volvería loca,… y por esta razón les gritamos y obligamos a recoger y ordenar. Desde luego, no está mal eso de gritarles de vez en cuando y decirles lo que está mal, pero quizás podríamos explicar por qué el adolescente tiene la habitación así. Puedo adelantar que esto no lo hacen para hacer rabiar a sus progenitores.
En ese caos, un adolescente sabe (más o menos) dónde están las cosas, para él no es prioritario el orden externo y lo más importante, el espacio físico está reflejando su identidad en construcción. Esa parte del cerebro que tenemos detrás de la frente es la encargada de un montón de cosas importantes como son la planificación, el control de impulsos, la toma de decisiones, la regulación emocional y… la organización. Seguro que si se han parado en pensar en estas tareas habrán visto que casi todos los adolescentes yerran en ellas. Y es que, nuestros hijos e hijas todavía no ha formado bien esta parte, no se ha terminado de desarrollar, tienen que ocurrir cosas tan raras como la mielinización, la poda neuronal y la reorganización sináptica, y no termina hasta los 20 o 25. Lo que pasa que como los vemos tan grandes y biológica y físicamente están tan desarrollados, pensamos que ya son adultos. Pero no, todavía no lo son a pesar de que te saquen una cabeza.
Así que, a partir de ahora, cuando mires la habitación de tu hijo o hija, piensa que así está su cerebro: la mezcla de objetos son sus emociones intensas; el desorden es la falta de priorización; cuando veas un cambio radical en los colores, de armarios, de objetos… es que su cerebro se está reconfigurando; y en ese caos aparente, debemos ver un desarrollo en progreso.
Sé que es difícil de ver, pero les aseguro que no es negligencia lo que tienen los chicos, no es dejadez ni que pasen de todo, es simplemente que están creciendo. Y se dirán ustedes: “pero ¿cómo puede ser que diga este señor que está creciendo si cada día va a peor, cada día tiene más ropa acumulada porque no pienso recogérsela, cada día huele peor, cada día hay más trastos,… ?” Y tienen razón en hacer esta pregunta y además tienen derecho a ponerse de mala leche (yo también lo hago), y es que estamos acostumbrado a pensar que para llegar a una meta lo mejor y más fácil es llegar en línea recta, ver como avanzamos hacia ese final y lo más rápido que se pueda. Pero este caso es uno de los pocos que no es así, que no hay línea recta, que es una espiral, con luces y sombras (muchas). Como adultos, debemos comprender este proceso y recordar aquella frase de Jesper Juul: “para lo único que vale el enfado de un padre o una madre es para que este se desahogue”. Pero entonces ¿hay que decirle a los chicos que ordenen la habitación? Por supuesto, y si se quieren enfadar háganlo, están en su derecho aunque no valga de nada. También recuerden que ordenar una habitación lleva una tarde, pero ordenar un cerebro lleva una década (o más).
Por Lorenzo Meler Ferraz. Profesor en el IES Emilio Jimeno de Calatayud








