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Donde el fuego dejó cenizas, el alma de Aragón siembra esperanza: el latido inquebrantable de la Comarca Comunidad de Calatayud a cuatro años de su noche más oscura

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El silencio que hoy reina en el valle del Jalón tiene una resonancia distinta, una gravedad que solo comprenden quienes sintieron temblar la tierra bajo el rugido de las llamas. Se cumplen hoy cuatro años de aquel lunes de julio que comenzó bajo un sol implacable y terminó convertido en una de las mayores tragedias ecológicas y humanas que recuerde la Comarca Comunidad de Calatayud. Hoy, cuatro veranos después, el paisaje herido lucha por recuperar el verde perdido, mientras la memoria colectiva conserva intacta la cicatriz del día en que el cielo se tiñó de un negro absoluto.

La tragedia se tradujo en cifras que aún estremecen el alma: una cicatriz de ceniza que se extendió por más de 14.000 hectáreas, dibujando un devastador perímetro de 72 kilómetros de destrucción. La furia del fuego golpeó de forma despiadada, ensañándose especialmente con los municipios de Ateca y Moros, cuyos vecinos contemplaron con impotencia cómo las llamas devoraban prácticamente la totalidad de sus términos municipales. No fueron los únicos en sufrir el embate de la catástrofe; la marea de fuego también dejó su huella de dolor y desolación en las tierras de Villalengua, Villarroya de la Sierra, Torrijo de la Cañada, Castejón de las Armas, Embid de Ariza, Alhama de Aragón, Bubierca, Cetina y Contamina.

Todo comenzó con una ironía dolorosa que aún pesa en la conciencia de la comarca. En una finca situada entre los términos de Ateca y Bubierca, una maquinaria pesada abría la tierra con el noble propósito de sembrar vida, preparando el suelo para albergar futuros árboles. Sin embargo, en una tarde de calor asfixiante y vientos traicioneros, bastó una sola chispa metálica, un brevísimo roce entre el acero y la roca, para encender el pasto reseco. En cuestión de minutos, la buena intención de una repoblación se transformó en una vorágine incontrolable. A pesar de los desesperados y urgentes avisos de los operarios a los servicios de emergencia, el clima extremo de aquel verano de fuego convirtió la chispa inicial en una tormenta de llamas que avanzó con una violencia que superaba cualquier capacidad humana de respuesta.

La velocidad del incendio fue tal que la geografía pareció encogerse ante su avance. Una inmensa columna de humo comenzó a devorar el horizonte, cortando el gran cordón umbilical de la península, la autovía A-2, que permaneció muda y cerrada durante interminables horas a la altura de Ateca. Para quienes contemplaban el valle desde la distancia, la estampa era la de un infierno terrenal: un desfiladero de sombras donde la luz del sol se había extinguido por completo, sustituida por un resplandor anaranjado y el vuelo constante de cenizas que caían como una nieve fúnebre sobre campos y tejados.

El éxodo fue doloroso y apresurado, pero también despertó una ola de solidaridad y amparo difícil de olvidar. Mientras las llamas devoraban los montes, cientos de personas se vieron obligadas a huir con lo puesto de sus localidades de origen. En medio de la incertidumbre, el calor humano se hizo fuerte: la población de Nuévalos abrió de par en par sus brazos para convertirse en el hogar improvisado de cerca de 250 vecinos evacuados, mientras que el recinto ferial de Calatayud se transformó en un refugio de esperanza y consuelo para otras 180 personas que aguardaban con el corazón en un puño el momento de poder regresar.

Frente a la inmensidad del peligro, la respuesta humana fue titánica. Medio millar de efectivos y un despliegue masivo de vehículos terrestres y aéreos batallaron día y noche contra el monstruo de fuego. En aquella primera línea de defensa se unieron, hombro con hombro, cuadrillas forestales, brigadas helitransportadas, la Policía Local de Ateca y Calatayud, la policía adscrita al Gobierno de Aragón, la Policía Nacional, la Unidad Militar de Emergencias (UME), Cruz Roja, voluntarios de protección civil de la comarca, las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales (BRIF), equipos sanitarios e hidroaviones, entre otros. Fue un esfuerzo coordinado que movilizó recursos del Gobierno de Aragón, de comunidades vecinas y del Gobierno de España.

La gravedad de la situación atrajo la atención y la presencia constante de las máximas autoridades políticas. El entonces presidente de Aragón, Javier Lambán, se desplazó en repetidas ocasiones hasta el Puesto de Mando Avanzado instalado en Ateca para seguir de cerca las labores de control y mostrar su apoyo a los equipos de emergencia. En ese mismo punto estratégico, donde se decidía el destino de la comarca a contrarreloj, también estuvo presente el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, constatando en primera persona la magnitud de un desastre nacional que requería la unión de todas las administraciones.

Cuando el viento amainó y las llamas finalmente se extinguieron, el panorama que quedó tras el paso del fuego era desolador. El golpe al ecosistema fue tan profundo que la propia orografía de la comarca se vio comprometida; los barrancos y las laderas desnudas de vegetación sufrieron la implacable erosión de las primeras lluvias otoñales, las cuales arrastraron toneladas de ceniza hacia las cuencas fluviales, enturbiando las aguas del Jalón y afectando las balsas de riego de las que dependían tantas familias agricultoras.

Cuatro años después, el camino hacia la recuperación total se vislumbra largo y complejo. Sin embargo, entre la costra carbonizada que aún cubre algunas laderas, los brotes verdes insisten en abrirse paso, recordando a todos que la naturaleza tiene una persistencia infinitamente superior a la destrucción. El recuerdo de aquel fatídico 18 de julio permanece no como una simple fecha de luto en el calendario, sino como un homenaje permanente a la solidaridad de quienes abrieron sus puertas a los evacuados, al coraje de quienes combatieron las llamas en primera línea y a la resistencia inquebrantable de una comarca que, con paso firme y el corazón herido, sigue aprendiendo a florecer de nuevo.

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